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Espulso l'ex Superiore del Distretto del Messico della FSSPX, Padre Basilio Meramo

Carta a Monseñor Fellay en respuesta a mi expulsión
de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X.
(segue la traduzione in Italiano)


Acabo de recibir, el 7 de abril, en mano propia, como era de esperar, ateniéndose a la lógica
consecuencia de las cosas, después de dos amonestaciones canónicas, la notificación de mi
expulsión, que es desde luego injusta e inválida, jurídica y teológicamente considerada, pues las
moniciones eran de suyo inconsistentes siendo así repelidas inmediatamente, como consta en mis
dos cartas en respuesta a las mismas.
De todos modos apelo a Roma Eterna interponiendo recurso contra el decreto de mi expulsión, a
tenor del derecho canónico (canon 647 § 2 n° 4), lo cual tiene efecto suspensivo y así,
jurídicamente la expulsión queda en suspenso, sin efecto jurídico, hasta tanto el recurso esté
pendiente, y esto de modo indefinido, pues la Roma Eterna está hoy invadida por indignos
prelados que no cumplen con su deber, ex officio, confirmando a los fieles en la fe, sino que hacen
todo lo contrario, para corromper, prostituir la fe, el culto y la moral, violando la verdad, cuyo
imperio detestan, cual anticristos; y esto para colmo, como si fueran Dios, es decir, en el nombre
de Dios, de la santa obediencia a la autoridad y a la jerarquía de la Iglesia. Habrase visto mayor
abominación y desolación en lugar santo, haciéndose además adorar como si fueran Dios,
invocando la potestad divina, la cual pervierten e invierten. Y por esto Monseñor Lefebvre dijo que
«
Roma está ocupada por anticristos» en su declaración del 30 de junio de 1988. Y por irónico que
suene el asunto queda como quien dice, pendiente hasta la Parusía de Cristo.
No obstante me toca soportar (sufrir) con paciencia e integridad la injuria recibida, permaneciendo
firme en el combate frontal, como sacerdote católico, apostólico y romano, permaneciendo firme
contra el modernismo de Roma anticristo, como una vez más Monseñor Lefebvre designa en la
misma declaración mencionada a la Roma modernista y liberal que persigue a muerte la
sacrosanta e infalible Tradición Católica, ante la cual hoy Usted junto con toda la cúpula directiva
de la Fraternidad y los otros tres obispos de la misma, impune y cobardemente claudican
entregándonos bajo apariencia de bien en los brazos del “magnánimo y paternal” Benedicto XVI
que ha logrado seducirlos con hábil y sutil manipulación haciéndolos caer en la trampa.
Ahora, si Usted me lo permite, paso a hacer el descargo, de sus fulminantes (aunque absurdas)
acusaciones, al menos de las más relevantes y graves, dado el contexto teológico-doctrinal del
problema. Se me acusa de falsas y graves acusaciones contra el Superior General, de daño grave
por asumir una posición contraria, obstinación, rebelión contra la autoridad, escándalo, etc.
Quisiera saber, estimado y reverendísimo Monseñor, cuáles son las acusaciones falsas contra
Usted, graves sí, pero falsas no, si hay falsedad no es precisa y justamente de mi parte, sino (y
perdóneme) Usted, de la suya, dado que tiene un doble lenguaje, desde hace mucho tiempo y no
es porque Usted sea bilingüe, sino por su gran dilema, como llevarnos a un acuerdo sin que se
note la traición, encubierta bajo una falsa apariencia de bien.
Cómo es posible aceptar, lo que Usted mismo dijo hace ocho años, (en una entrevista al diario
valesano La Liberté, el 11 de mayo de 2001, y publicada en DICI n° 8, el 18 de mayo del mismo
año): «
que nosotros guardamos en un 95% el Concilio Vaticano II», sin ser liberal y modernista;
cuando hasta los mismos liberales y modernistas reconocen que el Concilio Vaticano II fue, como
dice el Cardenal Suenens: «
El Concilio es 1789 en la Iglesia», es decir, la Revolución Francesa de
1789 dentro de la misma Iglesia, o también como afirmó el entonces Cardenal Ratzinger y hoy
Benedicto XVI: «
El problema del Concilio fue asimilar los valores de dos siglos de cultura liberal»
(Le destronaron, Monseñor Marcel Lefebvre, en la introducción).
Luego es claro y evidente que cualquiera que guarde o acepte el Concilio Vaticano II en un 95%
acepta en un 95% la Revolución Francesa dentro de la Iglesia, que asimila dos siglos de cultura
liberal en la Iglesia. Un 95% es un porcentaje altísimo estadística o matemáticamente considerado.
Entonces la gran pregunta es ¿que nos quiere decir? ¿qué pretende hacernos creer?, al decir que
van a dialogar o a discutir con Roma doctrinalmente, ¿qué van a discutir, el 5% que resta? Esto
sólo prueba fehacientemente la parodia, el engaño, la mentira y la falsedad objetivamente
hablando, y esto por etapas con gran aparato de seriedad, mientras que de hecho todo se pudre
aceleradamente más.
Por si fuera poco, qué queda de la Fraternidad, de la resistencia ante el modernismo si se guarda,
tiene, mantiene o acepta el 95% del nefasto y atípico Concilio Vaticano II, adogmático y por lo
mismo, absurdo, como el concebir un círculo cuadrado o un triángulo bilátero, un matrimonio
católico no indisoluble, pues como hace ver el teólogo dominico Marín Solá (sucesor en la cátedra
del eminente teólogo tomista en Friburgo, el Padre Norberto del Prado): «
Está revelado que “todo
Concilio ecuménico es infalible”, o lo que es lo mismo, está revelado que “todo Concilio es infalible
si es ecuménico”.
» (La Evolución Homogénea del Dogma Católica, Marín Sola, ed. BAC, Madrid
1963, p. 435); libro elogiado en 1923 cuando apareció por el Cardenal Merry del Val, quien fue
Secretario de Estado de San Pío X, para combatir la herejía modernista que pretendía una
evolución transformista y heterodoxa del dogma católico, tal cual hoy la concibe Benedicto XVI
cuando dijo siendo Cardenal que «
pone en duda que haya un magisterio que sea permanente y
definitivo en la Iglesia
» que «ya no hay una verdad permanente en la Iglesia, verdades de Fe,
dogmas en consecuencia, se acabaron los dogmas en la Iglesia, esto es radical. Evidentemente
esto es herético, está claro, es horroroso, pero es así
». Tal como lo aseveró Monseñor Lefebvre
en una de sus últimas conferencias espirituales en Ecône del 8 y 9 de febrero de 1991, pues murió
el 25 de marzo de 1991.
Pero claro, ahora es según Usted “magnánimo”, “valiente”, “paternal”, le inspira confianza, es
conservador, y aún criticado por el ultraprogresismo como favorable a la Tradición, en resumen
casi un tradicionalista ante el cual Usted va a Roma «
casi corriendo» y lo admira con ingenua
sonrisa como se puede apreciar en algunas fotografías en una de sus entrevistas, donde aparece
también el Cardenal Castrillón Hoyos y que adjunto para más pruebas de su inopinado y
comprometido proceder.
Monseñor Lefebvre denuncia un pacto de no agresión entre la Iglesia y la masonería, y Usted está
dispuesto a pactar con él. «
Un pacto de no agresión ha sido concertado entre la Iglesia y la
masonería
», A esto se lo ha encubierto con el nombre de «aggiornamento» de «apertura al
mundo
», de «ecumenismo». (Un Évèque Parle, p. 97). «En adelante, la Iglesia acepta no ser ya la
única religión verdadera, único camino de salvación eterna
». (Ibid. p. 97).
Por esto, el entonces Cardenal Ratzinger, hoy Benedicto XVI, llega a reconocer a las otras falsas
religiones como un camino o vías extraordinarias de salvación como se puede apreciar en este
texto de corte conservador pero profundamente y solapadamente herético: «
…se ha llegado a
poner un énfasis excesivo en los valores de las religiones no cristianas, que algún teólogo llega a
presentar no como vías extraordinarias de salvación, sino incluso como caminos ordinarios
».
(Informe sobre la Fe, Ed. BAC Popular, Madrid 1985, p. 220 última página).
Por si fuera poco, Monseñor Lefebvre señala que: «
Este concilio representa, tanto a los ojos de
las autoridades romanas como a los nuestros, una nueva Iglesia que ellos laman por otra parte
“Iglesia Conciliar”.
» (Ibid. p. 97).
Monseñor Lefebvre afirma que es un Concilio cismático, y Usted guarda el 95%, es decir que es
cismático en un 95%, magnífico nivel, citemos el texto: «
Creemos poder afirmar, ateniéndonos a la
crítica interna y externa de Vaticano II, es decir analizando los textos y estudiando los pormenores
de este Concilio, que éste, al dar la espalda a la Tradición y al romper con la Iglesia del pasado, es
un Concilio cismático. Se juzga el árbol por sus frutos.
» (Ibid. p. 97). Así tenemos paradójica y
absurdamente que Usted acepta el 95% de la Nueva Iglesia postconciliar, cismática y apóstata,
por lo cual, tendríamos en Usted, a un cismático y apóstata en un 95% (no está mal el porcentaje),
que dice ser el fiel y digno sucesor de Monseñor Lefebvre, si esto no es una falsedad y una
traición ¿dígaseme qué es?
Monseñor Lefebvre considera que: «
Todos los que cooperan en la aplicación de este
trastrocamiento, aceptan y adhieren a esta nueva “Iglesia conciliar”… entran en el cisma
» (Ibid. p.
98). Y Usted hoy pretende obtener un acuerdo con esta nueva Iglesia conciliar cismática.
Por si fuera poco, Usted pretende un reconocimiento oficial o regularización de la Fraternidad con
Roma modernista y su ecumenismo apóstata, tal como lo señaló Monseñor Lefebvre: «
Los que
estiman un deber minimizar estas riquezas e incluso negarlas, no pueden sino condenar a estos
dos obispos y así confirman su cisma y su separación de Nuestro Señor y su reino, a causa de su
laicismo y su ecumenismo apóstata.
» (Itinéraire Spirituel, p.9).
Sí, ecumenismo apóstata, porque eso es, en lenguaje moderno lo que las Escrituras llaman Gran
Apostasía, es decir la apostasía universal o ecuménica. Y a esta apostasía ecuménica o
ecumenismo apóstata Usted nos quiere acercar. Luego, nos quiere hacer unos adúlteros,
cismáticos, puesto que como dijo Monseñor Lefebvre: «
Esta apostasía convierte a estos miembros
en adúlteros y en cismáticos opuestos a toda tradición, en ruptura con el pasado de la Iglesia, y
por lo tanto, con la Iglesia de hoy en la medida en que permanece fiel a la Iglesia de Nuestro
Señor. Todo lo que sigue siendo fiel a la verdadera Iglesia es objeto de persecuciones salvajes y
continuas.
» (Ibid. p. 70-71).
En la carta a los Obispos del 10 de marzo de 2009, Benedicto XVI afirma, después de hacer
alusión a la “remisión de la excomunión”, como un gesto de bondadosa y paternal misericordia,
para invitar al retorno (del hijo pródigo) a los cuatro obispos de la Fraternidad, pero recordando
clara y explícitamente que «
no ejercen legítimamente ministerio alguno en la Iglesia», puesto que
no tienen misión o posición canónica, ya que siguen suspensos a divinis hasta tanto su situación
se regularice aceptando, después de las discusiones doctrinales, el Concilio Vaticano II, lo cual
expresa en estos términos (mostrando con el dedo la luna llena de la Pascua): «
con esto se aclara
que los problemas que deben ser tratados ahora son de naturaleza esencialmente doctrinal, y se
refieren sobre todo a la aceptación del Concilio Vaticano II y del magisterio postconciliar de los
Papas. (…) No se puede congelar la autoridad magisterial de la Iglesia al año de 1962, lo cual
debe quedar claro a la Fraternidad
». Con esto se ve cual es el objetivo de Roma modernista y
apóstata, y Usted y los otros tres Obispos de la Fraternidad nos dicen que van a Roma para
predicar la verdad, para convertirlos, etc. Esto es engañarse y engañarnos a todos estulta e
ingenuamente, como el tonto que se queda mirando el dedo cuando le señalan la luna con la
mano. Pero para colmo, Usted mismo reconoce casi con las mismas palabras de Benedicto XVI, y
en respuesta, que: «
Lejos de querer parar la Tradición en 1962, nosotros deseamos considerar el
Concilio Vaticano II y la enseñanza postconciliar
» (Carta del 12 de marzo de 2009) con lo cual
Usted responde prontamente (dos días después) al mensaje de Benedicto XVI, cuando le señala
claramente la luna. Esto sólo muestra y demuestra, y perdóneme Monseñor, su doble lenguaje
modernista y liberal, manifestándose su falsedad y traición.
Luego Monseñor, es absurdo e injusto que por resistirle pública y abiertamente a su siniestra
política de reintegración en el marco oficial de la Nueva Iglesia conciliar con su ecumenismo
cismático y apóstata, Usted se atreva, en el ejercicio abusivo de su autoridad, comprometida y
claudicante con los peores y principales enemigos de la Iglesia, expulsarme, acusándome falsa e
injuriosamente de rebeldía, insumisión, desobediencia, obstinación, escándalo, sublevación, falto
de enmienda, perjudicial o dañino para con el bien común de la Fraternidad, acusaciones todas
que muy fácilmente se las puedo endosar y restregárselas en la cara, pero de esto se encargará el
Divino Juez cuando venga a juzgar a vivos y a muertos, en él pongo la suerte de mi causa y allí
nos veremos, y entre tanto pido por Usted, que Dios lo perdone, porque no sabe lo que hace, ni
con la Fraternidad, ni conmigo que me defenestra como a un vil delincuente a la calle, sin
recursos, con 55 años (al igual que aconteció con muchos sacerdotes reticentes a las
innovaciones en la época del Concilio), y esto después de haber dado todo de mí con total y
generosa entrega al servicio de la Fraternidad, a la que pertenecí durante 29 años, dejando todo,
renunciando a todo para servir a la Santa Madre Iglesia en la Fraternidad, resistiendo y
combatiendo contra el modernismo herético y apóstata, al cual hoy Usted nos conduce suave,
dulce, pero seguramente.
Hoy Usted me excluye de la Nueva Fraternidad reciclada a los pies de la Nueva Iglesia conciliar,
Nueva Fraternidad y Nueva Iglesia a las cuales jamás pertenecí ni quiero pertenecer nunca, yo
seguiré perteneciendo a la verdadera Iglesia y a la verdadera Fraternidad. Usted me expulsa,
mejor dicho me excomulga de su Nueva Fraternidad, poco me importa, como poco le importó a
Monseñor Lefebvre que lo excomulgaran de la Nueva Iglesia, siendo ello, lejos de un estigma, de
una afrenta, una verdadera condecoración inmarcesible y una prueba de su ortodoxia, y no como
Ustedes, los cuatro obispos, que avergonzados pedís que se os quite tal afrenta ante los ojos del
mundo, no queriendo seguir soportando la Cruz, considerándola ignominiosa, como sí Cristo
hubiera bajado de la Cruz (instrumento de máximo oprobio y sufrimiento), pero no lo hizo, prefirió
morir crucificado, vejado, escupido, azotado y despojado de su vestimenta y por todos
abandonado, para fundar su divina Iglesia entregándole el testamento de su Sangre derramada
sobre la Cruz. Y este testamento firmado con su divina sangre, su cuerpo todo inmolado, es la
Santa Misa, que hoy Usted de algún modo desconoce como única y exclusiva, al aceptar la Nueva
Misa espuria y bastarda (como la llamó Monseñor Lefebvre al igual que a todos los nuevos
sacramentos y a los sacerdotes) como rito principal (ordinario) y legítimo mientras que la Misa
Tridentina pasa a ser un rito ocasional (extraordinario) en la Nueva Iglesia, que es (o será) la sede
del Anticristo-Pseudoprofeta, pues como dijo Nuestra Señora en la Salette: «
Roma perderá la fe y
será la sede del Anticristo
». El que tenga ojos que vea, y el que tenga oídos que oiga.
Por irónico que parezca, pero así son las cosas, Usted hoy me decapita, sin quizás recordarse que
gracias a mí, Usted aceptó el cargo de Superior General, dada mi intervención en el Capítulo
General de 1994, impidiendo así la reelección del Padre Schmidberger, que desde dos años antes
comenzó a disponerlo todo para ser reelegido y que casi lo logra, pues sorpresivamente Usted fue
el elegido, en contra de sus planes, y que gracias a mi intervención al levantar mi voz para decirle
que aceptara el cargo como una cruz, a imagen de San Pío X, que aceptó con pesar y hasta con
lágrimas el ser elegido milagrosamente en el cónclave, y así Usted después de retirarse unos
momentos a solas con el Padre Schmidberger en la habitación contigua (sala de grabaciones), a lo
cual me opuse levantándome en medio de la concurrencia impávida y muda de los asistentes,
incluidos los otros tres obispos, para dirigirme al Padre Aulagnier, el entonces superior de Francia,
y pedirle que interviniera impidiendo estos secretos, pero sin obtener ningún resultado; y así Usted
al retornar a la gran sala aceptó su elección, concluido el breve entendimiento con el Padre
Schmidberger.
Y para colmo de ironías después de saber esto, viendo como me trata (maltrato) algún ladino (cual
abogado del diablo) podrá decir: «
así paga el diablo a quien bien le sirve».
Todo este drama apocalíptico que vive la Iglesia está contenido proféticamente en toda la liturgia
de la Cuaresma, de manera espacialísima y solemne en la Semana Santa y el Triduo Sacro que
nos muestra la Iglesia desolada, el altar
desmantelado y el tabernáculo vacío, clara imagen de lo
acontecido no sólo hace 2000 años con la Pasión y muerte de Cristo en la Cruz, sino también de
lo que sucedería a la Iglesia, cuerpo místico de Cristo al fin de los últimos tiempos apocalípticos,
antes de su gloriosa Parusía, que todos debemos esperar y que pedimos incesantemente quizás
muchas veces sin darnos cuenta al pedir en el Padrenuestro, venga nos el tu reino (adveniat
regnum tuum), o como dice también San Juan Evangelista al finalizar el libro del Apocalipsis: Ven
Señor Jesús, Maranatá.
Que Dios lo perdone, Monseñor, con todo su Capítulo, que cual concilio sanedrita me condena y
excluye, recordándome lo que hiciera con Nuestro Señor Jesucristo quien fuera el pueblo elegido,
pero después corrompido, resonando en mis oídos las palabras de la liturgia: «
Dijeron los impíos
oprimamos al varón justo porque es contrario a nuestras obras.» (5ª antífona de Laudes de Martes
Santo). Pero también vienen a mi mente las reconfortantes palabras del Profeta:
«El Señor Dios es
mi protector, por eso no seré avergonzado; y así he presentado mi rostro como una piedra
durísima, y sé que no quedaré confundido
». (Is. 50, 7).
Así pues no quedándome otra alternativa que la de callar y claudicar en el vil silencio ante lo que
veo, o la de hablar claro y firmemente al precio de la exclusión, he cumplido con mi deber
sacerdotal sin traicionar a Dios ni a mi conciencia. Ahora no me queda sino deambular con la
cabeza entre las manos cual aconteció a San Dionisio cuando le decapitaron, antes de caer y
morir.
Me despido de Usted en este patético y significativo Triduo Sacro de la solemne Semana Mayor,
lleno de profética alusión a lo que acontecería con la Iglesia en los últimos tiempos apocalípticos,
pero que es el necesario preludio para la futura y gloriosa Pascua de Resurrección.
Basilio Méramo Pbro.
Orizaba, Jueves Santo, 9 de abril de 2009



Una imagen dice más que mil palabras.






Lettera a Monsignor Fellay in risposta alla mia espulsione
dalla Fraternità Sacerdotale San Pio X.

di Padre Basilio Meramo, ex Superiore del Distretto del Messico della Fraternità S. Pio X

Oggi 7 aprile ho appena ricevuto la notifica della mia prevedibile espulsione, logica conseguenza dopo due avvertimenti canonici. Un’espulsione naturalmente ingiusta ed invalida, sia dal punto di vista giuridico che teologico, dal momento che le ammonizioni erano di per se stesse inconsistenti e, come tali, da me immediatamente respinte, come attestato dalle mie due lettere di risposta.

In ogni caso, faccio appello alla Roma Eterna, interponendo ricorso contro il decreto della mia espulsione, ai sensi del diritto canonico, canone 647, § 2, n° 4. Esso ha effetto sospensivo, per cui l’espulsione non è giuridicamente valida, è priva di effetto giuridico fino alla risoluzione del ricorso che comunque rimarrà sospeso, perché la Roma Eterna di oggi è invasa da prelati indegni che non compiono il loro dovere,
ex officio, che non confermano i fedeli nella fede, ma fanno invece tutto il contrario corrompendo, prostituendo la fede e con essa il culto e la morale, violando la verità, il cui impero detestano quali anticristi. Tutto ciò fanno quasi fossero Dio, ovvero nel nome di Dio, della sacra obbedienza all’autorità e alla gerarchia della Chiesa. Mai si vide maggiore abominazione e desolazione nel luogo sacro, facendosi costoro adorare quasi fossero Dio, invocando la potestà divina, che invece pervertono ed calpestano. È perciò che Mons. Lefebvre nella sua dichiarazione del 30 di giugno del 1988 disse che “Roma è occupata da anticristi”. Anche se può apparire ironico, il tema rimane, come si dice, sospeso fino alla Parusía di Cristo.


Nonostante io debba sopportare (soffrire) con pazienza ed integrità l’ingiuria ricevuta, resto fermo di fronte a chi mi avversa, da sacerdote cattolico, apostolico e romano, resto fermo contro il modernismo della Roma anticristica, sulle orme di Mons. Lefebvre con la sua citata dichiarazione, della Roma modernista e liberale che perseguita a morte la sacrosanta ed infallibile Tradizione Cattolica, davanti alla quale oggi Lei, insieme a tutto il direttivo della Fraternità e agli altri tre vescovi, impunemente e vilmente appare cedere, consegnandoci sotto apparenza di bene nelle braccia del “magnanimo e paterno” Benedetto XVI, che è riuscito a sedurci con abile e sottile manipolazione facendoci cadere nella trappola.

Ora, col Suo permesso, rispedisco al mittente le Sue fulminanti e assurde accuse, almeno le più rilevanti e gravi di natura teologico-dottrinale. Sono stato imputato di false e pesanti accuse contro il Superiore Generale, di danno grave per aver assunto una posizione contraria, di ostinazione, di ribellione contro l’autorità, di scandalo, etc.

Stimato e reverendissimo Monsignore, Lei deve sapere che le false accuse contro di Lei sono certamente gravi, ma non false; se c’è falsità non è precisamente da parte mia (qualora lo fosse ne chiedo perdono), ma dalla sua, da molto tempo, da quando ha adottato un doppio linguaggio e non perché Lei sia bilingue, ma per il Suo grande dilemma su come portarci ad un accordo con Roma senza che ci si accorga del tradimento, che Lei copre sotto una falsa apparenza di bene.

Come è possibile accettare quello che Lei stesso affermò otto anni fa, (in un’intervista al quotidiano vallesano
la Liberté dell’11 maggio 2001, apparso in DICI n° 8, il 18 maggio dello stesso anno) “che noi riconosciamo al 95% il Concilio Vaticano II”, senza essere liberale e modernista, quando perfino gli stessi liberali e modernisti riconoscono che il Concilio Vaticano II fu, come disse il Cardinale Suenens, “il 1789 nella Chiesa”, cioè la Rivoluzione Francese del 1789 all’interno della stessa Chiesa, o anche come affermò l’allora Cardinale Ratzinger ed oggi Benedetto XVI: “Il problema del Concilio fu assimilare i valori di due secoli di cultura liberale”! (Mons. M. Lefebvre, Ils l’ont découronné, introduzione).

È quindi chiaro ed evidente che chiunque conservi o accetti il Concilio Vaticano II per il 95%

accetta per un 95% la Rivoluzione Francese dentro la Chiesa, che al suo interno assimila due secoli di cultura liberale. Un 95% è una percentuale altissima dal punto di vista statistico e matematico.

Allora la gran domanda è: cosa ci viene a dire? Cosa pretende di farci credere? Dicendo che si va a dialogare o a discutere con Roma dottrinalmente, di che cosa intendete discutere? Forse del rimanente 5%? Tutto ciò è solo una prova diretta della parodia, dell’inganno, della menzogna e dell’obiettiva falsità poste in essere, di un procedere per tappe con grande ostentazione di serietà, mentre in realtà tutto sta degenerando più velocemente.

Se ciò non bastasse, ci si chiede cosa rimane della Fraternità, della resistenza davanti al modernismo quando essa fa proprio, mantiene o accetta il 95% del nefasto e atipico Concilio Vaticano II, adogmatico e assurdo in se stesso, come concepire un cerchio quadrato o un triangolo con due soli lati o un matrimonio cattolico non indissolubile. Come dimostra il teologo domenicano Marín Solá, (successore sulla cattedra di Friburgo dell’eminente teologo tomista P. Norberto del Prato):

«È di rivelazione che “tutto il Concilio ecumenico è infallibile”, o che è la stessa cosa:È di rivelazione che “ogni Concilio è infallibile se è ecumenico”» (P. Marín Solà, L’Evoluzione Omogenea del Dogma Cattolico, ed. BAC, Madrid 1963, p. 435); libro elogiato nel 1923, quando se ne servì il Cardinale Merry del Val, Segretario di Stato di San Pio X, per combattere l’eresia modernista, che pretendeva un’evoluzione trasformista ed eterodossa del dogma cattolico. Evoluzione del pari oggi concepita da Benedetto XVI, che ancora da Cardinale metteva in dubbio “che ci sia un magistero permanente e definitivo nella Chiesa” aspetto che, come osservò Mons. Lefebvre in una delle sue ultime conferenze spirituali ad Ecône, dell’8 e 9 febbraio di 1991 (morì il 25 marzo successivo): “non esiste ormai una verità permanente nella Chiesa, le verità di Fede e di conseguenza i dogmi sono scomparsi, è qualcosa di radicale. Tutto ciò è evidentemente chiaramente eretico, è orribile ma è così”.


Oggi invece Benedetto XVI per Lei è “magnanimo”, “coraggioso”, “paterno”, Le ispira fiducia, è un conservatore, ancorché criticato dagli ultraprogressisti per la sua simpatia alla Tradizione, quasi un tradizionalista insomma, davanti al quale Lei sta “quasi” correndo a Roma per ingenuamente ammirarlo, come si desume dal sorriso che sfoggia in alcune fotografie nel corso di un’intervista, dove appare anche il Cardinale Castrillón Hoyos, fotografie che allego a riprova del suo procedere inopinato e compromissorio.


Mons. Lefebvre denunciava un patto di non aggressione tra la Chiesa e la massoneria, e Lei è disposto a scendere a patti con lui. “
Un patto di non aggressione è stato concertato tra la Chiesa e la massoneria”, celato dietro al nome di “aggiornamento”, di “apertura al mondo”, di “ecumenismo” (Un Évèque Parle, p. 97). “D’ora in poi, la Chiesa accetta di non essere l’unica religione vera, l’unico mezzo per la salvezza eterna”. (Ibid. p. 97).

Per questo, l’allora Cardinale Ratzinger, oggi Benedetto XVI, arriva a riconoscere le altre false religioni come un cammino o delle vie straordinarie di salvezza, come si può leggere in questo testo di taglio conservatore, profondamente e subdolamente eretico: “
… si è giunti a porre un’eccessiva enfasi sui valori delle religioni non cristiane, tanto che qualche teologo arriva perfino a presentare vie straordinarie di salvezza quali fossero vie ordinarie.” (Relazione sulla Fede, Ed. BAC Popolare, Madrid 1985, p. 220, ultima pagina).
Quando non bastasse, Mons. Lefebvre prendeva atto che: «
“Questo concilio rappresenta, tanto agli occhi delle autorità romane quanto ai nostri, una nuova Chiesa che, d’altra parte essi chiamano “Chiesa Conciliare”» (Ibid. p. 97).

Mons. Lefebvre afferma che questo è stato un Concilio scismatico, se Lei ne conserva il 95% è dire che è scismatico al 95%, livello magnifico. Citiamo il testo (di Mons. Lefebvre, N.d.T.): “
Noi crediamo di poter affermare, attenendoci alla critica interna ed esterna del Vaticano II, cioè analizzando i testi e studiando i particolari di questo Concilio, che questo, voltando le spalle alla Tradizione e rompendo con la Chiesa del passato, è un Concilio scismatico. L’albero si giudica dai frutti.” (Ibid. p. 97). Così, paradossalmente e assurdamente, Lei accetta il 95% della Nuova Chiesa post-conciliare, eretica ed apostata: come fa Lei, eretico e apostata al 95% - mica male come percentuale - a dichiararsi ancora fedele e degno successore di Mons. Lefebvre? Se non è falsità e tradimento questa, come definirla?

Mons. Lefebvre argomenta che: “
Tutti coloro che cooperano all’applicazione di tale mutamento accettano ed aderiscono a questa nuova “Chiesa conciliare”… diventano scismatici (Ibid. p. 98). Oggi Lei mira ad un accordo con questa nuova Chiesa conciliare scismatica.


Inoltre Lei colma la misura pretendendo un riconoscimento ufficiale o una regolarizzazione della Fraternità con la Roma modernista e con il suo ecumenismo apostata, come lo definì Mons. Lefebvre: “
Coloro che stimano un dovere minimizzare queste ricchezze e perfino negarle, non possono altro che condannare questi due vescovi e così confermano il loro scisma e la loro separazione da Nostro Signore e dal suo regno, a causa del loro laicismo ed del loro ecumenismo apostata.” (Itinéraire Spirituel, p. 9).


Sì, ecumenismo apostata, perché tale è, chiamato in linguaggio moderno dalle Scritture Grande Apostasia, ovvero apostasia universale o ecumenica. È a questa apostasia ecumenica, o ecumenismo apostata, che Lei ci vuole avvicinare, per poi trasformarci in adulteri e in scismatici, come disse Mons. Lefebvre: “
Questa apostasia converte i suoi membri in adulteri e scismatici che si oppongono ad ogni tradizione, in rottura col passato della Chiesa e, pertanto, con la Chiesa di oggi nella misura in cui rimane fedele alla Chiesa di Nostro Signore. Tutto quello che continua ad essere fedele alla vera Chiesa è oggetto di persecuzioni selvagge e continue” (Ibid p. 70-71).

Nella lettera ai Vescovi del 10 di marzo di 2009, Benedetto XVI, dopo avere fatto allusione alla “remissione” della scomunica, come un gesto di buona e paterna volontà per invitare al ritorno “del figliol prodigo” i quattro vescovi della Fraternità, ricorda chiaramente ed esplicitamente che “
non esercitano legittimamente ministero alcuno nella Chiesa”, dato che essi non hanno né missione, né posizione canonica, incorrendo nella sospensione a divinis fin quando la loro situazione non sarà regolarizzata dall’accettazione - a seguito delle discussioni dottrinali - del Concilio Vaticano II. Benedetto XVI si è espresso in questi termini (indicando la luna piena di Pasqua): “Con ciò è chiaro che i problemi ora da affrontare sono di natura essenzialmente dottrinale e si riferiscono soprattutto all’accettazione del Concilio Vaticano II e del magistero postconciliare dei Papi. (…) La Fraternità deve avere ben chiaro che l’autorità magistrale della Chiesa non può essere congelata all’anno 1962”. Qui appare chiaro l’obiettivo della Roma modernista e apostata, mentre Lei e gli altri tre Vescovi della Fraternità venite a dirci che andate a Roma a predicare la verità, a convertire, etc. Questo è ingannarsi e ingannare, considerando tutti stolti ed ingenui, al pari dello sciocco che si fissa sul dito che gli indica la luna. Il colmo è che Lei stesso ne dà conferma, quasi adottando le stesse parole di Benedetto XVI: “Lungi dal voler arrestare la Tradizione al 1962, noi desideriamo considerare quel Concilio Vaticano II e l’insegnamento postconciliare…” (Lettera del 12 marzo 2009) con la quale Lei (due giorni dopo) sollecitamente risponde al messaggio di Benedetto XVI, quando chiaramente le indica la luna. Questo da solo accerta e dimostra - mi perdoni Monsignore - il Suo linguaggio doppio, modernista e liberale, e manifesta la sua falsità e il suo tradimento.


Quindi Monsignore, è assurdo ed ingiusto che, per essermi opposto pubblicamente ed apertamente alla sua sinistra politica di reintegrazione nella cornice ufficiale della Nuova Chiesa conciliare e al suo ecumenismo scismatico ed apostata, Lei abbia l’ardire, nell’esercizio abusivo della Sua autorità, compromessa e cedevole coi principali e peggiori nemici della Chiesa, di espellermi, con le accuse false e ingiuriose di disubbidienza, di insubordinazione, di ostinazione, di scandalo, di ribellione, di mancanza di ammenda, di danno al bene comune della Fraternità; tutte accuse che molto facilmente potrei respingere al mittente, ma di questo si incaricherà il Divin Giudice quando verrà a giudicare i vivi e i morti. Solo in Lui ripongo la mia causa e lì ciascuno vedrà.

Chiedo che Iddio La perdoni, perché non sa quello che fa, né con la Fraternità, né con me, sbattuto fuori a 55 anni in mezzo alla strada come un vile delinquente, senza risorse (come già accadde con molti sacerdoti che non vollero accettare le innovazioni ai tempi del Concilio). Tutto ciò dopo avere dato tutto in totale e generosa dedizione al servizio della Fraternità, alla quale appartenni per 29 anni, lasciando tutto, rinunciando a tutto per servire Santa Madre Chiesa nella Fraternità, resistendo e combattendo contro il modernismo eretico ed apostata, allo stesso al quale Lei oggi ci sta guidando con dolcezza, soavemente, ma con mano ferma.

Oggi Lei ha voluto escludermi della Nuova Fraternità riciclata ai piedi della Nuova Chiesa conciliare, Nuova Fraternità e Nuova Chiesa alle quali mai appartenni né mai vorrò appartenere, poiché continuerò ad appartenere alla vera Chiesa e alla vera Fraternità. Lei mi espelle, per meglio dire mi scomunica della sua Nuova Fraternità. Poco mi importa, come poco importò a Mons. Lefebvre che lo scomunicassero dalla Nuova Chiesa, poiché, lungi dall’essere un disonore, un affronto, fu invece una vera onorificenza immarcescibile ed una prova della sua ortodossia, e non come Lei, come i quattro vescovi, che imbarazzati chiedete che vi sia tolto tale affronto davanti agli occhi del mondo, non volendo continuare a sopportare la Croce, considerandola ignominiosa, quasi che Cristo fosse sceso dalla Croce, strumento di massimo obbrobrio e sofferenza, quando invece Egli non lo fece, preferendo di morire crocifisso, vessato, preso a sputi, frustato, spogliato dalle sue vesti e da tutti abbandonato, onde fondare la sua Chiesa divina affidandole il testamento del suo Sangue versato sulla Croce. E questo testamento firmato col suo divino sangue, il suo corpo tutto immolato, è la Santa Messa che Lei in qualche modo ignora oggi come unica ed esclusiva, accettando come rito principale, ordinario e legittimo, la Messa spuria e bastarda, come la chiamò Mons. Lefebvre, al pari di tutti i nuovi sacramenti e i sacerdoti, mentre la Messa Tridentina nella Nuova Chiesa si riduce ad un rito occasionale, straordinario. Nuova Chiesa che è, o che sarà, la sede dell’Anticristo-Pseudoprofeta, perché come disse Nostra Signora de La Salette: “
Roma perderà la fede e sarà la sede dell’Anticristo”. Chi ha occhi per vedere, veda e chi ha orecchi per udire, oda.

Per quanto possa apparire ironico, ma tali sono i fatti, oggi Lei mi decapita, senza neppure por mente al fatto che fu grazie a me che Lei accettò l’incarico di Superiore Generale, grazie al mio intervento al Capitolo Generale del 1994, ostacolando così la rielezione del P. Schmidberger che due anni prima cominciò a disporre tutto per essere rieletto e che quasi ci riuscì. A sorpresa fu Lei l’eletto, contro i suoi piani, grazie al mio intervento quando alzai la voce per invitarLa ad accettare l’incarico come una croce, ad immagine di San Pio X che accettò con fatica e fino alle lacrime la scelta miracolosa del conclave. Così Lei, dopo essersi ritirato per un po’ da solo col Padre Schmidberger nella stanza attigua (nella sala di registrazione), al quale mi opposi alzandomi in mezzo al concorso impavido e muto degli assistenti, inclusi gli altri tre vescovi, per dirigermi dal Padre Aulagnier, allora superiore di Francia per chiedergli che intervenisse ostacolando questi segreti, ma senza ottenere nessun risultato;fu così che Lei, terminato il breve intendimento col Padre Schmidberger, ritornò nella sala grande e accettò la Sua elezione.

Per colmo dell’ironia, bene al corrente di tutto ciò, mi tratta (maltratta) come succede in qualche romanzo, quando l’avvocato del diavolo dice: “
Così il diavolo paga chi lo serve bene.”

Il dramma apocalittico che vive la Chiesa è contenuto profeticamente in tutta la liturgia della Quaresima, in forma grandiosa e solenne nella Settimana Santa e il Sacro Triduo ci mostra una Chiesa desolata, l’altare
smantellato ed il tabernacolo vuoto, chiara immagine dell’accaduto non solo di 2000 anni fa con la Passione e morte di Cristo sulla Croce, ma anche di quello che potrebbe accadere alla Chiesa, corpo mistico di Cristo negli ultimi tempi apocalittici, prima della sua gloriosa Parusía che tutti dobbiamo sperare e che chiediamo incessantemente magari molte volte senza rendercene conto, chiedendo nel Paternoster che venga il suo regno (adveniat regnum tuum), o come dice anche san Giovanni Evangelista terminando il libro dell’Apocalisse: “Vieni Signore Gesù, Maranatá”.


Che Dio La perdoni, Monsignore, con tutto il suo Capitolo che mi condanna e mi esclude al pari di un concilio sinedrita, richiamandomi quello che fece con Nostro Signore Gesù Cristo il popolo eletto, quando si corruppe. Mi risuonano nelle orecchie le parole della liturgia: “
Dissero gli infedeli: opprimiamo l’uomo giusto perché è contrario alle nostre opere”, (5ª antifona delle Lodi di Martedì Santo). Mi sovvengono tuttavia anche le confortanti parole del Profeta:
“Il Signore Dio è il mio protettore, per quel motivo non sarò imbarazzato; e così ho presentato il mio viso come una pietra dura e so che non rimarrò confuso” (Is 50, 7).

Perciò non rimanendo altra alternativa che quella di tacere e cedere racchiuso in un vile silenzio al cospetto di ciò che vedo, opposta a quella di parlare chiaro e fermo al prezzo dell’esclusione, ho optato per la seconda, compiendo il mio dovere sacerdotale senza tradire né Dio né la mia coscienza. Ora non mi rimane altro che vagare con la testa tra le mani come accadde a San Dionisio quando lo decapitarono, prima di cadere e morire.


La saluto in questo patetico e significativo Triduo Sacro della solenne Settimana Maggiore, ricco di profetica allusione a quanto potrebbe accadere alla Chiesa negli ultimi tempi apocalittici, necessario preludio per la futura e gloriosa Pasqua di Resurrezione.

Basilio Méramo Pbro.
Orizaba, Giovedì Santo, 9 aprile di 2009.





Un'imagine dice più di mille parole


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